Cuantos más cuentos cuentes, más cuentos cuenta.

viernes, 10 de julio de 2015

La noche de San Lorenzo

Una noche de verano que dura para siempre...



Vacaciones. Agosto. Noche de San Lorenzo. El cielo estaba lleno de luna y de estrellas que se deslizaban, silenciosas, como gotas de leche sobre un mantel azul oscuro, mientras hacían guiños en la superficie del mar.
-Pide un deseo –dijo ella.
-Vale.
-¿Qué has pedido? –me preguntó.
-Quiero que esta noche dure para siempre.
Nos abrazamos sobre la arena mientras las olas rompían y borraban las frases de enamorados que habíamos escrito aquella tarde. No recuerdo cuándo me quedé dormido.
            Cuando desperté, era de día, pero no con la claridad y el aire fresco de la mañana. La arena estaba caliente y el sol se ponía en el horizonte. Ella estaba escribiendo palabras de amor en la arena con una rama seca.
            -Va a anochecer. Podemos quedarnos aquí a ver las estrellas.
            -¿A ver las estrellas?

-¿Lo has olvidado? Hoy es la noche de San Lorenzo.

jueves, 9 de julio de 2015

Navidad en la Tierra

Hoy os dejo un cuento sobre un selenita que va a pasar sus primeras navidades a la tierra. Un saludo a todos.
El día siguiente sería Navidad y, mientras los tres se dirigían a la terminal del puente aéreo Luna-Tierra, el padre y la madre estaban preocupados. Era el primer vuelo que el niño realizaría por el espacio a casa de sus abuelos y deseaban que fuera lo más agradable posible.
Quizá porque el niño pertenecía a la primera generación de selenitas, nacidos y criados en la luna, sus padres estaban también obsesionados por la salud de su hijo durante su estancia en la Tierra. Sus músculos no estaban acostumbrados a luchar contra la gravitación terrestre y sus pulmones no habían respirado otro aire que no fuera artificial.
Le habían puesto todas las vacunas preventivas y había pasado el periodo de ejercicios obligatorios para aumentar la masa muscular. Además, los padres le habían llevado a cabinas de respiración para que inhalara un aire semejante al de la Tierra y a unas cuantas sesiones de rayos uva para quitar su aspecto blanquecino.
Pero, a pesar de los posibles inconvenientes, el viaje era necesario. El niño tenía orígenes terrestres y ya había llegado el momento de pasar unas navidades con su familia y conocerla de una manera diferente a una vídeo-conferencia con retraso de cuatro segundos.
De todas maneras, no tenía ganas de ir a ese planeta azul desconocido y al que, sin embargo, llamaban hogar. No concebía una ciudad que no estuviera cubierta por una cúpula protectora ni salir al aire libre sin el traje espacial y odiaba las lecciones de geografía en donde debía retener en su memoria la distribución de los países, océanos y montañas de un mundo que le era por completo ajeno.
***
A pesar de las preocupaciones de los padres, el viaje fue razonablemente bien. El niño solo se asustó un poco cuando, próximos al aterrizaje, la bola azul de la Tierra se fue haciendo cada vez más y más grande.
Al salir de la terminal para vuelos interespaciales, miraba con miedo y asombro a esos familiares terrestres y morenos, de masa muscular marcada, que le abrazaban sin consideración a su frágil cuerpo, le deseaban feliz navidad y le llamaban por su nombre sin que le hubieran visto más que por vídeo llamada.
Cuando entró en la casa de la mano de sus padres, la cena de nochebuena ya estaba preparada.
El niño se quedó contemplando el belén sin comprender ese paisaje extraño en miniatura en el que las montañas eran verdes y no de color ceniza y sobre las que había unos animales blancos y peludos.
Los postres transcurrieron con los mayores en la mesa y los pequeños jugando al escondite y haciendo carreras por el pasillo, pero el niño se encontraba muy cansado de moverse por la atmósfera terrestre y sus primos se burlaban de sus jadeos y de su piel de leche.
-Quiero volver a casa –le dijo el niño a su madre.
-Pero esta también es tu casa.
-No, no lo es.
Y salió corriendo al jardín.
***


    La noche era fría y la hierba empezaba a blanquear. Vio la luna, blanca, grande y redonda, en un cielo despejado, rodeada de estrellas. Otras familias de selenitas estarían allí celebrando la navidad, observando ese planeta azul con puntos luminosos.
    -¿Qué miras? –le preguntó uno de sus primos dándole un empujón.
    -La luna.
    -¿Y qué tiene de especial? –le preguntó el otro dándole un puñetazo en el hombro.
    -Allí fuera puedes dar un salto de ocho metros casi sin esfuerzo.
    -¿Ah, sí?
    -Sí.
    -Entonces las canastas de baloncesto serán muy altas.
    -Bueno, fuera de la cúpula no podemos jugar al baloncesto. Solo podemos hacer excursiones con la escafandra.
    -¿La cúpula?
    -¿La escafandra?
    Y el niño comenzó a hablarles de las ciudades de la luna, de las cúpulas brillantes, de los paseos espaciales, de los viajes a la cara oculta, de los cráteres, de las noches de menos doscientos grados y de los días de cien.
    La abuela se asomó a la puerta.
    -Vamos, entrad, fuera hace frío.
    Pero el niño seguía hablando mientras señalaba hacia la luna y sus primos no se movían de su lado.

    miércoles, 8 de julio de 2015

    La camisa azul

    Y hoy un cuento de lo que pudo haber sido y no fue y sobre el desdoblamiento de identidad.


    -¿Te acuerdas de mí?
    Dudé durante unos instantes hasta que le reconocí.
    Quizá porque hacía tiempo que había dejado de ser pobre, casi se me habían borrado de la memoria todos los detalles de mi infancia: aquel orfanato, el medio tazón de leche y el pedazo de pan mohoso para el desayuno, los dormitorios comunes, las literas, las sábanas amarilleadas por la lejía, los retretes desinfectados con amoniaco, los armarios metálicos, su olor a naftalina y los asistentes sociales que nos daban un poco de cariño por horas.
    Y ahora le tenía delante de mí, como un recuerdo envejecido prematuramente, unos ojos marcados por las ojeras, barba de tres días, la boca torcida en una expresión cínica, y olor a alcohol en el aliento.
    -Juan Carlos… –respondí.
    Iba a añadir “me alegró de verte”, pero sabía que la distancia entre las palabras y los gestos sería lo bastante grande como para quedar en ridículo.
    -Parece que te han ido bien las cosas –dijo.
                Lo cierto es que sí me había ido bien. Podría decirle que exageraba, pero no podía esconder mi camisa azul de seda ni la estilográfica de oro, ni el reloj de pulsera. Tras la muerte de mis padres adoptivos, heredé la empresa familiar y, a pesar de la crisis, lo había convertido en un negocio próspero.
                -No me puedo quejar... Y a ti, ¿cómo te ha ido? –pregunté.
    Juan Carlos no contestó de inmediato.
    -Es curioso cómo un pequeño detalle puede cambiar tu vida. Todo consiste en interpretar un papel y llamar la atención de alguien en el momento adecuado… –dijo.  
    Entonces recordé las tardes en el orfanato a primeros de mes, cuando acudían parejas maduras con deseos de adoptar. Daban una vuelta entre las filas de niños y se marchaban con alguno de nosotros. A medida que crecíamos, disminuían las posibilidades de ser adoptados. Juan Carlos y yo nos habíamos acostumbrado a decir adiós a los otros niños y ya no intercambiábamos promesas de cartas o postales con los que conseguían una familia adoptiva.
    Había una competencia feroz por llamar la atención de los matrimonios. Juan Carlos me enseñaba pequeños trucos para lograrlo, desde ensayar miradas desvalidas hasta ponerse una camisa ajustada al cuerpo para marcar la delgadez y provocar la ternura de los posibles padres adoptivos.
    Interpretar un papel. Llamar la atención. Sabía a lo que se refería. Aquella tarde en el orfanato me tocaba hacer vigilancia de pasillo cerca de los despachos de administración. Una pareja estaba dentro hablando con el director y se oían pasar las páginas acartonadas de un álbum de fotos.
    -Dentro de poco los podrán ver personalmente –oí que decía el director.
    -Mira, este lleva una camisa azul celeste parecida a la que tenía nuestro hijo.
    Sabía que hablaban de Juan Carlos. Él tenía una camisa azul, regalo de algún pariente el día de su cumpleaños. Se la pedí prestada.
    El director recorrió la fila con la pareja. La mujer susurró algo a su marido cuando me vio y los dos se quedaron mirando la camisa azul.
    Aquella tarde abandoné el orfanato vestido todavía con la camisa azul de Juan Carlos.
    La última vez que le vi, su cara estaba pegada en la ventana y me miraba con una mezcla de decepción y de rabia que quizá fuera el inicio de la expresión cínica que tenía ahora.
    -¿Qué es lo que quieres? –le pregunté.
    -Nada. Solo pasaba a ver qué tal te iba. Siempre es bueno ver cómo han prosperado los viejos amigos. Volveremos a vernos –dijo.
    Y no sabía si era un deseo o una amenaza.
    Lo seguí con la mirada hasta que se marchó. Intenté centrarme de nuevo en el trabajo pero, cuando fui a coger mi estilográfica de oro para firmar los nuevos contratos, me di cuenta de que había desaparecido.

    ***

    Los asuntos del negocio acapararon mi atención y Juan Carlos volvió a ser solo un recuerdo molesto de una infancia casi olvidada.
    Aquel día, estuvimos revisando el balance anual hasta tarde. Cuando salí del despacho, la noche era fría y húmeda. Entré en un bar cerca de la oficina a tomar algo y allí, en la barra, estaba acodado Juan Carlos, convenciendo al camarero de que le sirviera la última copa.
                -Vaya. Te dije que volveríamos a vernos. Paga mi cuenta y demos un paseo. Por los viejos tiempos y las deudas sin pagar –dijo.
    . Los charcos de lluvia brillaban como lagos minúsculos bajo la luz de las farolas. En las ventanas se veían algunas luces encendidas o televisores parpadeando en habitaciones oscuras. Algunos coches partían los charcos del asfalto mojado y se saltaban los semáforos en ámbar.
    -Las noches como estas acaban siempre con alguna chica de alquiler en una pensión –dijo Juan Carlos.
    Me pasó el brazo por los hombros y me llevó al barrio chino. Princesitas de acento suave y falda corta desafiando el frío susurraban obscenidades a nuestro paso. Escogió a una chica menuda que le sostuvo la mirada y le preguntó si buscaba compañía.
    -¿No quieres venir con nosotros? –me preguntó Juan Carlos.
    -No, me voy a casa –respondí.
    -¿Hay alguien que te esté esperando?
    -Mi mujer.
    -Qué diferentes son nuestras vidas ahora. Yo buscando compañía de pago, durmiendo en pensiones baratas con la ropa arrugada en una maleta y tú casado y con tus camisas perfectamente planchadas.
    No pude zafarme del abrazo que me ofrecía y me marché. Cuando quise consultar la hora, no encontré mi reloj en la muñeca y mi anillo de casado había desaparecido.

    ***

    Volví a mis ocupaciones e intenté olvidar los encuentros con Juan Carlos. Con el comienzo del año, el trabajo se acumulaba sobre mi mesa, los clientes no paraban de telefonear y pasaba horas delante del ordenador enviando y respondiendo mails.
    Entraba en casa cuando mi esposa estaba ya durmiendo y salía antes de que se hubiese despertado. La comunicación entre nosotros se reducía a notas en la mesa de la cocina y a la ropa que ella me dejaba preparada en la percha para el día siguiente con la indicación expresa por mi parte de que evitara las camisas azules.
    La última vez que vi a Juan Carlos fue una noche fría y seca. A pesar de que la helada estaba empezando a blanquear la hierba, decidí ir caminando hasta casa. Sentí el aire frío penetrando en mi abrigo mientras cruzaba el puente. Y allí estaba Juan Carlos, apoyado a duras penas en una farola. Su aspecto era mucho peor que la vez anterior. Parecía uno más de los mendigos que duermen en la acera sobre cartones o en cajeros automáticos de no ser porque tenía mi reloj en la muñeca y mi anillo de casado en el dedo.
    -¿Qué haces aquí? –le dije.
    -Vaya, es un gusto encontrarse con un viejo amigo.
    -No somos amigos –le respondí.
    -Hace frío y estoy borracho. Acompáñame a la pensión. Me lo debes.
    -Yo no te debo nada. Solo una camisa azul.
    -Y una vida que no te corresponde.
    Entonces lo comprendí. Jamás se rendiría. Quería destruirme o volverme loco. Arrebatarme poco a poco lo que era mío. La pluma de oro. El reloj. El anillo. Nos miramos fijamente, cada uno viendo en los ojos del otro la vida que le hubiera tocado vivir. Pero era yo el que había salido adelante. Desde que puse el pie fuera del orfanato me juré no volver a ser pobre nunca más ni volver la vista atrás. Y ahora que había conseguido lo que quería, ninguna sombra del pasado me lo iba a arrebatar.
    Forcejeamos. Juan Carlos luchaba con la rabia del que no tiene nada que perder, yo, con la del que puede perderlo todo. Finalmente, logré arrinconarle contra la barandilla del puente.
    -¿Qué vas a hacer? ¿Vas a matarme? –dijo.
    Y me di cuenta de que era el escenario propicio. Un puente. Un alcohólico sin horizontes y al que nadie iba a echar de menos. Un suicidio o un accidente.
    No me fue difícil empujarle, aplastarle contra la barandilla, cogerle de las piernas y arrojarle al río. Chapoteó torpemente, boqueó durante unos segundos y se hundió. Esperé unos instantes y me marché a casa. Sentí como si al desaparecer los círculos en el agua hubiera sepultado mi pasado en el lecho del río.
    Los días siguientes estuve leyendo la crónica de sucesos de la prensa local. No se informaba del hallazgo de ningún cadáver.

    ***

    A partir de aquella noche, todo empezó a ir mal. Los clientes dejaron de telefonear, los beneficios se convirtieron en pérdidas y oía a mis empleados susurrar a mis espaldas acerca de mi incapacidad para llevar el negocio “debido a su situación personal”.
    En la solicitud de divorcio, mi esposa hizo hincapié en mis relaciones con prostitutas y mi alcoholismo sin que fuera consciente ni de haber sido infiel ni de haberme emborrachado.
    Después de mi separación, lo perdí todo y tuve que irme a vivir a una pensión. Solo me quedaba por empeñar una caja de cartón que mi ex mujer me había enviado. “La encontré en el armario” –me había escrito. “Puedes vender lo que hay dentro.”

    En el interior de la caja estaba mi estilográfica de oro, mi reloj de pulsera, mi anillo de casado y una camisa azul.

    martes, 7 de julio de 2015

    DNI por puntos

    Hoy os traigo un cuento que surgió de la idea de aplicar el carné de conducir por puntos al DNI. Espero que os guste.



    Visto el éxito del carné de conducir por puntos, se decidió trasladar el modelo al carné de identidad. Por cada delito, el estado quitaba parte de tu identidad.
    Empezaban por la identidad sexual: te levantabas de la cama sin saber si eras homo o hetero. Continuaban por la identidad ideológica: no recordabas si eras votante de izquierdas o derechas. Cuando te arrebataban la identidad de género, te preguntabas qué postura adoptar ante un retrete. Finalmente, quedabas vacío de identidad.

    Ahora por las calles vagan como zombies exdelincuentes sin identidad. “Medidas de ahorro” –dicen- “así no tenemos que mantener cárceles”.

    domingo, 5 de julio de 2015

    Leche de rata

    Hola a tod@s:

    Hoy os dejo un cuento sobre un niño criado en los túneles del metro y amamantado con leche de rata. La idea vino de un capítulo de los Simpsons en el que la mafia distribuye leche de rata en la escuela de Springfield.


    El niño del metro vivía en los túneles desde que tenía uso de razón. Los empleados le habían visto crecer, arrastrarse, gatear imitando los pasos cortos y ligeros de las ratas, vestirse de alguna chaqueta o abrigo olvidado en un vagón del metro y beber agua de los servicios públicos. Se limitaban a pasar el informe a los compañeros del turno siguiente para que supieran de su existencia pero a ninguno de ellos se le ocurrió nunca llamar a un asistente social, al fin y al cabo el niño tenía controlada la frecuencia de los trenes para evitar ser atropellado.
    Nadie sabía quiénes eran los padres del niño del metro, si es que los tenía. Se alimentaba de las sobras que le daban los mendigos, las pocas voces que escuchaba eran las de la megafonía y había aprendido a leer mediante los anuncios publicitarios y las revistas gratuitas. No sabía de otro reloj que no fuera el ruido del tren cada dos minutos. El día y la noche nada significaban para él y solo las diferenciaba por la ausencia del metro nocturno. No tenía a nadie a quien querer ni nadie que le quisiera.   
    A excepción de las ratas: entre ellas había aprendido a andar, le proporcionaban leche tibia de la que alimentarse y le dejaban espacio entre su camada para amamantarle.
    Pero hay días en los que el sol brilla y penetra hasta en los más profundos túneles del metro. Fue el día en el que el niño del metro detuvo a tiempo el carrito de un bebé antes de que cayera a la vía y la madre se enterneció con la mirada de animal herido de aquel niño de piel de leche y ojos grandes y brillantes como linternas que podía caminar a cuatro patas.
    -Adoptémoslo –dijo la madre a su marido. Él ha salvado la vida de nuestro hijo.
    -Como quieras, pero ocúpate tú de todo el papeleo, ya sabes que yo odio la burocracia –respondió el marido mientras conectaba el despertador para el día siguiente y pensaba que tampoco pasaba tanto tiempo en casa como para que un niño más pudiera estorbarle.
    Adoptar al niño del metro no fue tarea fácil. No lo fue llevarle hasta la oficina ya que se detenía cada poco tiempo y apoyaba la cabeza sobre la acera para oír el ruido del metro. No fue tampoco fácil por cuestiones administrativas.
    -Sabe usted, para rellenar los papeles debemos inscribirle con un nombre –dijo la asistenta social.
     -He preguntado a los empleados del metro y ninguno lo sabe. Es simplemente el niño del metro –dijo la madre.
    -Está bien. Le leeré los nombres más comunes para ver si reacciona a alguno.
    Y la madre resopló ante la perspectiva de pasar una mañana entera oyendo el recitado de nombres sin poder ir al centro comercial.
    Después de la retahíla de Alejandro, Álvaro, Antonio, Carlos, Fernando, Francisco, sin que el niño reaccionara, la madre pudo abandonar el despacho de la asistente social prometiendo regresar al día siguiente. Finalmente, la obligación de firmar los papeles y poner un nombre al niño se fue perdiendo entre otros asuntos más urgentes de la agenda familiar hasta que se olvidó de ello.
    El niño hubo de acostumbrarse a jornadas marcadas por el día y la noche y no reguladas por el metro.
    -Pero todavía se despierta gritando a las 5:50, cuando me queda más de una hora para que suene el despertador –protestó el padre a su esposa. Vaya idea la tuya de adoptarlo.
    -Ya sabes, cree que el primer metro va a arroyarle, necesita tiempo –respondió la madre.
    Pero era difícil vivir con alguien para el que las cosas cotidianas se hacen por primera vez.
    -Vomita la leche del desayuno –decía el hermano mayor.
    -Ya sabéis que su estómago está acostumbrado solo a digerir la de rata –decía la madre.
    -El otro día gritó ante el espejo del baño –dijo el hermano mediano.
    -Eso es porque no conoce su reflejo –dijo el hermano mayor.
    -O porque se asusta de su piel de leche –dijo el hermano mediano. Por eso nuestro hermano pequeño tiene miedo cada vez que el niño del metro se le acerca.
    -Y por eso llora tanto por las noches –dijo el padre, que cada día estaba más convencido de que haber adoptado al niño del metro había sido un pago desproporcionado por haber salvado la vida del bebé.
    Sus hermanos se avergonzaban de la mirada asustadiza del niño del metro, de su piel de leche y de su forma de comer el bocadillo enseñando exageradamente sus incisivos, como si fuera una rata. A veces se unían a los coros de compañeros de escuela que le llamaban rata de alcantarilla, le escupían y le arrojaban pelotas de papel higiénico mojadas.
    Pero entre los niños lo que es objeto de atención hoy se olvida mañana y aquel día la novedad en la escuela fue una rata que había aparecido en los retretes.
    Quedó cercada en la esquina por el corro de muchachos, intentó trepar por la pared y fue de un lado a otro moviendo su cola rosada, con su hocico olisqueando el peligro y sus ojos negros interrogantes.
    -Habría que llamar al conserje para que la matara –dijo uno de los niños.
    -¿Para qué si eso lo podemos hacer nosotros? –dijo otro.
    -Podríamos cazarla para diseccionarla en la clase de biología –dijo uno de los más estudiosos.
    -O soltarla en clase de inglés durante el examen –dijo uno de los más gamberros.
    -Quizá se haga amiga de vuestro hermano –dijo uno de los más crueles.
    -¡No es nuestro hermano! –respondieron al mismo tiempo el hermano mayor y el mediano.
    -Mirad, parece como si se conocieran –dijo otro niño.
    El niño del metro se puso a cuatro patas sobre las baldosas de los baños. Parecía más cómodo que cuando caminaba con pasos vacilantes de los que apenas saben andar. La rata dejó de correr de un lado a otro y se quedó quieta. Los dos se miraron con un reconocimiento mutuo y el niño del metro se acercó a la rata, se inclinó sobre ella y comenzó a mamar su leche, recordando los tiempos en los que apenas se sostenía sobre sus piernas en el metro y solo conocía el cariño de las ratas que apartaban a sus crías para amamantarle de leche tibia.
    Al principio, hubo silencio, luego, gritos de asco y después el sonido de arcadas y vómitos. Y el niño se volvió con un hilillo de leche cayéndole de las comisuras, sin entender las miradas de sus hermanos ni de sus compañeros de clase.
    Y luego, pasos rápidos por los pasillos, llamadas de teléfono precipitadas entre las que se distinguían frases como “no se pueden desentender ahora”, “ustedes son sus tutores legales”, “la escuela no se puede hacer cargo” y “nunca firmamos los papeles de adopción”, “por no tener, no tiene ni nombre”, “solo era una obra de caridad temporal”.
     El niño estuvo esperando a que su madre acudiera a buscarlo a la salida del colegio sin que se presentara. Cuando llegó la hora de cerrar el colegio, el conserje le acompañó a la salida y se marchó.
    En el parque los otros niños y sus hermanos le estaban esperando. Le zarandearon, le empujaron, y dejaron su cuerpo cubierto de insultos y escupitajos.
    Y se arrastró a una boca de metro cercana, al principio con las manos en los oídos porque creía estar oyendo todavía los insultos. Corrió por las escaleras mecánicas, gateó en el andén, se introdujo en el túnel y oyó el ruido tranquilizador de un tren que se acercaba.

    Esta vez, ni siquiera pensó en apartarse.